Léod corría y corría; no podía dejar de correr. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que dejó atrás el humo de la destrucción de su aldea, no sabía si lo perseguían y no sabía qué había ocurrido con toda su gente. Dirigía todas sus fuerzas a sus doloridas piernas, pero de hecho no sentía dolor alguno, pues era tal el terror que lo dominaba que apenas podía pensar hacia dónde dirigir sus pasos.
Habían pasado cerca de tres horas, y seguía avanzando, ahora mucho más lentamente. Ya no sentía nada, ni veía nada, ni pensaba en nada. La oscuridad de la noche había devorado los extensos campos y el silencio era sobrecogedor. Léod finalmente tropezó con una piedra y cayó sobre el pasto, pero no se movió.
Al alba los primeros rayos de sol lo despertaron. Lentamente se incorporó mientras observaba con atención todo cuanto le alcanzaba la vista; no había ni un signo de vida...