Terminada mi nueva compañía, y la verdad es que muy contento con el resultado.
EL DESAFÍO
Compañía de Uruk-hai Exploradores con arco, seis, además de uno con escudo y espadón y otro con un estandarte, con esto dejo listo casi todo lo que me pillé, me queda otra compañía de héroes y tropa de élite, lo mismo para Junio....
Los ocho pasando revista en fila.
Por cuartetos.
EL DESAFÍO PERSONALIZADO
Este mes sin conversiones de nuevo, miniaturas todas de Dandelion in Middle Earth, concretamente son Half-Orc Scouts with bows, son seis modelos, más un Half-Orc Scout que me quedó de pico del mes pasado y un Half-Orc Bearer, el del estandarte.
Luego no me ha quedado más remedio que ponerle hilo a los arcos, inspiración del trabajo que hace Albertof2, que me ha encantado, y lo he intentado, y claro, a cuatro de los arqueros, que están apuntando para disparar, había que hacerles la flecha.
Considero que no son conversiones así que solo el uso de las miniaturas de Dandelion.
Y el trabajo de las flechas...
Y esta vez, como me ha sobrado mucho tiempo, he escrito un pequeño relato a modo de Trasfondo de mi compañía, a ver si animamos esto con más relatos, que quedan muy chulos para darle más ambiente a los trabajos...
COMPAÑÍA DE URUK-HAI
Los Uruk-hai no son como los otros orcos de Mordor, estos seres habían sido creados para la guerra y nada más. Más altos que un hombre corriente, anchos de hombros y endurecidos por el hierro y el humo, avanzaban con una disciplina extraña para su raza. Donde otros orcos discutían, saqueaban o huían ante la luz del día, los uruk-hai seguían marchando. El sol les molestaba, pero no los detenía ni mucho menos, eran capaces de atacar a plena luz del día, y comenzaron a entender que su fiereza a la vista de los enemigos era mejor que en la penumbra de la oscuridad.
Sus rostros parecían tallados a golpes: mandíbulas anchas y por lo general sangrientas, colmillos amarillentos y ojos pequeños que brillaban bajo los cascos abiertos. A algunos los marcaban con la temible Mano Blanca de Saruman sobre la frente o el pecho. No eran símbolos de honor, sino señales de pertenencia. Habían nacido para obedecer. Y obedecían.
Las armaduras habían dejado de brillar hacía mucho, ese metal estaba oxidado, era un arma más, porque un corte en la piel podía transmitir hasta enfermedades al enemigo; llevaban las manos curtidas de cicatrices y grasa de guerra.
El grupo avanzaba en fila irregular por las tierras pardas del oeste. Eran ocho y avanzaban a muy buen ritmo casi sin hacer ruido para lo toscos que eran. Seis arqueros caminaban delante y a los flancos. Sus arcos largos, de madera oscura y tendones endurecidos, golpeaban sus espaldas a cada paso. Llevaban carcajes repletos de flechas negras emplumadas. Ninguno hablaba. De vez en cuando levantaban la cabeza para olfatear el aire como animales de caza.
Al frente del grupo marchaba Grökh con su espadón y su escudo, era el líder del grupo, el encargado de llevarlos a encontrar a un grupo que había partido con anterioridad a ellos. Era el más grande del grupo. Su escudo estaba cubierto de cortes viejos y manchas de sangre seca que jamás habían sido limpiadas. Lo llevaba sujeto a la espalda mientras caminaba, junto a su espadón, igualmente oscurecido por la herrumbre y la sangre oscura. Respiraba como si cada bocanada de aire le irritara.
A su lado avanzaba el portaestandarte. El mástil de madera sobresalía varios palmos por encima de las cabezas del grupo. En su extremo colgaba una tela negra marcada con una Mano Blanca, deshilachada por el viento y endurecida por la lluvia seca. El porteador caminaba ligeramente encorvado, protegiendo el estandarte incluso cuando atravesaban matorrales o descendían por terreno rocoso.
Marchaban deprisa. Llevaban dos días siguiendo el rastro del primer destacamento: ocho uruk-hai que habían partido antes que ellos. La orden había sido clara, tenían que alcanzarlos para reunirse con ellos antes de cruzar las llanuras. Después vendría la caza.
El enemigo ya debía de estar siguiéndolos. Hombres. Tal vez jinetes. Quizá algo peor.
Uno de los arqueros encontró las primeras señales al caer la tarde. Unas huellas profundas, restos de ceniza y huesos roídos.
El grupo se detuvo alrededor del hallazgo. Nadie necesitó hablar. Grökh se inclinó sobre el suelo endurecido y pasó los dedos por una pisada marcada en el barro seco. Sabía que eran huellas de Uruk-hai, y además bastante recientes, así que continuaron.
La noche cayó lentamente sobre las colinas. Bajo la oscuridad, la marcha se volvió más rápida. Los uruk-hai parecían crecer en las sombras; sus ojos captaban movimiento donde un hombre sólo habría visto negrura. Avanzaban sin antorchas. El sonido de sus botas era apagado y constante.
En algún lugar lejano aulló un lobo y uno de los arqueros respondió con un gruñido bajo.
Las tierras se volvían más abiertas. La hierba alta se inclinaba bajo el viento nocturno como olas oscuras. A veces encontraban ramas partidas o manchas recientes de sangre.
Poco antes del amanecer encontraron otra señal, un casco partido, cubierto de barro y sangre roja seca, no era de Uruk-hai, era de un Rohirrim, y eso significaba caballos y velocidad.
El grupo ascendió una loma pedregosa mientras las primeras luces grises aparecían en el horizonte. Desde la cima pudieron ver las grandes llanuras extendiéndose hacia el este, inmensas y vacías bajo la niebla baja de la madrugada, vacías, pero no silenciosas, a lo lejos se escuchaban cuernos de forma débil, primero uno y luego otros, o el mismo, pero avisando a otros grupos. No podían saber si pertenecía al destacamento que buscaban o a quienes les daban caza.
El portaestandarte clavó el asta en el suelo durante un instante y contempló las llanuras. La tela negra ondeó lentamente.
—Siguen vivos —dijo.
Nadie respondió.
Uno de los arqueros señaló entonces hacia el norte, allí, casi invisible entre la bruma, ascendía una columna delgada de humo demasiado recta para ser un incendio natural, y demasiado pequeña para un campamento grande.
El grupo permaneció inmóvil unos segundos. Incluso el viento parecía haberse detenido. Después, Grökh emitió un gruñido seco y empezó a descender la ladera.
Los demás lo siguieron.
Cada vez más deprisa.
Las botas negras golpeaban la tierra húmeda mientras el humo permanecía lejano, siempre lejano, flotando sobre las llanuras como una señal imposible de alcanzar.