Hay un dicho que dice que se puede ir a por lana y salir trasquilado. Puede haber muchas maneras de interpretarlo, pero seguro que pocas serán tan literales como lo que nos aconteció un maldito día de invierno del año 1302 de la Tercera Edad.... SEGUNDA PARTE: ATRINCHERADOS
La situación había mejorado un poco en Gondor. La ira de Sauron parecía haberse apaciguado un poco, y nuestro senescal Denethor aprovechó que el Señor Oscuro abrió un poco su mano para escurrirse por entre sus dedos. La mejor defensa es un buen ataque, y nada mejor que aprovechar la ausencia de tropas orcas en Ithilien para enviar el grueso de nuestro ejército al Cercano Harad, y comenzar así una guerra en su propio terreno que nos diera una oportunidad de reabastecernos. El mando de dicho ejército le fue otorgado al general Boromir, y los suministros le llegarían por el Anduin a través de los barcos de Dol-Amroth que el príncipe Imrahil dispuso para ello.
La mayor parte de las tropas fueron trasladadas. En Osgiliath tan sólo quedaron la cuarta y la decimotercera compañías al mando de Madrid, quien a su vez debía controlar también Ithilien con un pequeño grupo de montaraces, y como siempre, aislado del resto, como si no existiera, el capitán Ingold, con su pequeño grupo de aprendices (entre los que me incluyo y a mucha honra). Sin embargo, la aparente paz que íbamos a tener en los próximos meses se vino al traste cuando, una mañana...
-¡Pero mira que llegáis a ser cenizos! ¡Como algún día entréis en batalla contra alguien que sepa coger un arma os van a hacer otro ombligo! – gritaba Ingold mientras varios de nosotros hacíamos flexiones -¡Cada cual es más burro! ¡Podríais pensar un poco y usar el garbanzo ese que tenéis sobre los hombros para ver cómo podéis librar la hoja del adversario, pero no, tenéis que mirar a ver quién es el más bestia! ¡Pues el más bestia soy yo, y vais a estar haciendo flexiones hasta que me canse de veros, porque ya ni me dais pena ni me queda paciencia para fingir que me la dais!
-Capitán Ingold- sonó a nuestras espaldas.
Ingold se volvió y nos dejó haciendo flexiones. Pasó junto a Mablung, Grem y Ïliath, los únicos que no habían sido castigados, y se dirigió hacia el mensajero que acababa de llegar, entonces, se volvió hacia ellos y gritó -¡Y vosotros, os ponéis a trabajar ya u os ponéis a hacer flexiones como posesos, ¿de acuerdo?!
El mensajero dudó. No era portador de buenas noticias, y el humor del capitán no le iba a ayudar a recibirlas. –Señor- musitó - traigo órdenes del capitán Madril.
-¿Y bien?
-El capitán quiere lanzar un ataque sobre la ribera este y recuperar la ciudad, pero para poder cruzar el río sin problemas hay que destruir las catapultas. Madril tenía pensado enviar a los montaraces por el túnel e introducirlos en la ciudad enemiga, pero no puede retirar a nadie de Ithilien porque contamos con pocos hombres, así que se ha decidido que vos y una veintena de hombres seáis quienes cumplan dicha misión.
Ingold resopló, murmuró un taco y nos miró a todos.-A ver si hoy también volvéis todos- dijo desafiante.
Los otros trece hombres que nos acompañaron no eran tampoco Guardias del patio del Manantial, pero parecían de fiar. En total éramos ocho arqueros y doce espadachines, pues se acordó que no llevaríamos lanzas. Tampoco llevamos escudos ni armaduras. Tan sólo unos petos de cuero y unas calzas muy cómodas. Como armas una espada y una pequeña daga de doble filo, además de las flechas de los arqueros. El plan de Ingold era cruzar por el túnel de noche, meternos en el río y avanzar por el agua hasta llegar al lugar donde estaban asentadas las catapultas, atrincherarnos allí y resistir hasta que lográramos inutilizarlas.
Si la primera (y hasta entonces última) vez que había entrado en combate estaba nervioso, aquella vez me temblaba todo. Además, Ingold estaba de mal humor, y la reprimenda tenía nuestra moral baja. Algo me decía que no volvería aquella noche, y pensé en huir. Pero no sabía cómo. No lograría salir de la ciudad sin que me pillaran, y eso empeoraría las cosas. Además, aunque lo lograra, no tenía a dónde ir. La deserción estaba penada con la muerte. Decidí hacer de tripas corazón y quedarme. Tenía unas horribles ganas de llorar, pero no tenía ni lágrimas de puro miedo. El tiempo voló, y pronto tuve que ir a formar, ya equipado, ante el túnel. Era una noche fría y sin luna, pues el cielo estaba cubierto de nubes. Veíamos gracias a la antorcha que sostenía Ingold mientras pasaba lista y nos explicaba el plan de forma detallada y de cómo debíamos repartirnos y actuar cada uno. Luego, se acercó al túnel, a cuya entrada llega el agua por la altura de los tobillos, y sumergió la tea. La oscuridad lo invadió todo, y apenas sí se podían distinguir las formas de los hombres que tenía a mi alrededor. –Vamos- dijo Ingold – en fila india, y ni una palabra desde ahora.
Uno a uno nos fuimos introduciendo en el túnel, donde la oscuridad era aún mayor, mezclada con el frío y la humedad. Nuestras pisadas retumbaban, y yo me sobresaltaba pensando que los orcos lo oirían. Finalmente, salimos del túnel. No estábamos en Osgiliath, como en un principio creía, sino fuera, en un bosque. Seguimos a Ingold hasta la orilla del Anduin, donde hubo una nueva pausa.
-Desenfundad- susurró el capitán. El sonido de los aceros me erizó el pelo de la nuca, pero luego descubrí que era tan sólo para impedir que se mojaran las armas. Nos metimos en el río hasta que nos cubría por el pecho, y aun así me pareció que estábamos muy cerca. Avanzábamos despacio, encorvados para ser aún más invisibles, y apretando los dientes para que no nos castañearan. El maldito río estaba frío a rabiar. Entonces, Ingold levantó el puño y nos detuvimos. Siguió él solo hasta el interior de las ruinas, puesto en guardia, con la espada en la mano derecha y la daga en la izquierda. Había que pasar algunos edificios hasta salir por completo del agua, pero no fue necesario. Volvió y nos hizo un gesto para que nos agrupáramos. Señaló un punto de la ciudad, luego levantó un dedo y después cerró el puño a excepción del pulgar, que indicaba hacia abajo. Eso quería decir que allí había un enemigo. Luego, repitió la operación señalando otro punto donde indicó que había dos. Eso era todo. Estábamos en ventaja de veinte contra tres, pero había que ir con cuidado, pues si uno de aquellos tres daba la alarma todo se iría al traste.
Ingold indicó también con el dedo a varios hombres que se ocuparan de los centinelas, y al resto nos ordenó seguirle. Nos detuvimos a pocos pasos del orco que estaba solo. Un hombre se adelantó a gatas, daga en mano, reptando por el agua. El orco dormía recostado sobre una piedra, cuando una mano se posó en su boca y apretó con fuerza. Antes de que el orco pudiera despertarse, el gondoriano le había rebanado el gaznate con la daga.
Entonces, Ingold nos mandó avanzar hasta las catapultas, que estaban un poco más allá, y comenzamos a desmontarlas. Seis o siete hombres se fueron a vigilar.
Por su parte, los dos que habían ido a ocuparse de los otros dos orcos iban bien. Se llamaban Durkas y Arethor, y no eran malos combatientes. Durkas se acercó gateando hasta el primer orco, también dormido, le tapó la boca y le acuchilló en la garganta. El orco se retorció, pero Durkas le mantuvo inmóvil hasta que murió. En cambio, Arethor se tuvo que ocupar de un orco que estaba patrullando. Le siguió a corta distancia, a hurtadillas, con la daga en la mano. De repente, el orco se volvió, pero Arethor, en un acto reflejo, le incrustó el puñal en el cuello hasta la empuñadura. El orco emitió un débil gemido y murió.
Nosotros actuábamos rápido. Habíamos cortado las cuerdas que sostenían el contrapeso, habíamos desatornillado los engranajes para cargarlas e incluso estábamos desmontando las ruedas. No hacíamos mucho ruido, pero el suficiente como para que un orco que dormía en una azotea cercana se despertara sobresaltado. Por suerte, emitió un gruñido que nos puso en alerta, y en cuanto se asomó, Mablung le metió una flecha en la frente.
Entonces, cogimos los proyectiles y los hicimos rodar hasta el río. Incluso aunque en ese momento nos descubrieran y nos mataran a todos, ya no podrían salvar las catapultas. Pero las municiones hicieron mucho más ruido. Ingold ordenó entonces a todos los arqueros y a varios espadachines entrar en los cobertizos cercanos donde grupos de orcos comenzaban a desperezarse. Comenzaron a morir orcos que no llegaban a despertarse, pero poco a poco se iban despertando. Un orco que se estaba levantando pudo ver al hombre que le mató con una flecha. Mientras, otro iba degollando orco tras orco. Entonces, un capitán se puso en pie e hizo sonar un cuerno que pudo oírse en toda Osgiliath. Varios hombres se le echaron encima y lo acuchillaron hasta la muerte, pero ya era tarde.
Los orcos se despertaron sobresaltados. Un arquero disparó a un orco que venía corriendo con una alabarda. -¡Mierda!- gritó Ingold -¡Nos retiramos!
Todos echamos a correr hacia el río y nos metimos en el agua. Detrás de nosotros se oían los gritos de alarma de los orcos. Un hombre cayó con dos flechas en la espalda.
Yo corría sudando un sudor frío y con el corazón en un puño, latiendo a toda velocidad, cuando Ingold nos ordenó detenernos. –Nos han cortado todas las salidas.
-¿Y qué hacemos?- empezaron a preguntar, desesperados, los hombres.
-Desde luego, quedarnos aquí, en el río, no. Vamos a intentar tomar un edificio fácilmente defendible y resistir allí hasta que vengan los nuestros.
Nos lanzamos hacia un edificio que señaló Ingold, junto al río. Varios orcos se nos echaron encima, pero logramos mantenerlos a raya. Entramos en el edificio arrasando con todo lo que encontramos. La planta baja no tenía ventanas, tan sólo una puerta que apuntalamos con maderas. La segunda planta estaba destruida. En realidad, tan sólo quedaban las escaleras para acceder a ella y un pasillo junto a lo que quedaba de pared, donde apostamos a los arqueros. También había una puerta que daba a lo que antes sería otra sala, pero ahora daba al vacío. Allí colocaron a Ïliath, para avisar de posibles intentos de entrar ahí.
Una vez en seguro, Ingold hizo recuento de hombres. Sólo habíamos tenido tres bajas, y algún herido. Pero eso ya no importaba. Quedaba un rato para el amanecer, y no sabíamos cuánto podríamos resistir allí. Decidí atender a los heridos, pues no sabía qué mas podría hacer. Comencé por limpiarle al llamado Arethor un corte que tenía en el muslo. Mientras tanto, estuve hablando con él y con su compañero Durkas, que estaba allí al lado, reposando. Me dijeron que eran amigos de siempre, y que entraron en el ejército por voluntad propia, por servir a la patria. No llevaban mucho en Osgiliath. En realidad, eran de las guarniciones que vigilaban Minas Tirith, pero fueron trasladados para sustituir a los que iban cayendo. –Osgiliath y Minas Tirith no tienen ni punto de comparación- dijo Arethor.
-Damrod- me dijo Rimmon - ¿tienes algo de beber?
-No- respondí- y creo que vamos a estar bastante tiempo sin agua.
Rimmon se sentó junto a mí resoplando. Grem, que estaba con él, hizo lo propio.
Estuvimos hablando un rato, hasta que empezó a clarear y la luz volvió al mundo. Los orcos no paraban de atacar, quedaban pocos arqueros y las flechas eran más bien escasas. La puerta estaba destrozada, pero sus defensores aguantaban. Lo hacíamos por turnos, pero a nosotros aún no nos tocaba. Entonces, Ïliath gritó desde su puesto -¡Han rodeado el edificio! ¡Tienen una escalera!
No nos quedaban arqueros suficientes como para mandarlos allí. –Ingold se acercó a nosotros. -¡A ver, dejad de hacer el vago y subid ahí!
-¿Y con qué les disparamos?- preguntó Rimmon.
-Aunque sea a pedradas, pero que no suban- ordenó Ingold.
Grem se levantó y, sin decir una palabra (como siempre), subió las escaleras. Los demás le seguimos, a excepción de Arethor, que no podía casi andar.
Llegamos donde estaba Ïliath. -¡Vamos, que ya están aquí!- nos apremió.
Eran una docena, algunos de ellos arqueros. Apenas sí nos asomamos a la puerta nos lanzaron una rociada de saetas. Retrocedimos a toda velocidad y nos quedamos agazapados a ambos lados de la puerta. –Perfecto- gruñó Rimmon.
Decidimos lanzarles piedras a discreción, como nos había dicho Ingold, pero no sirvió de nada. Colocaron la escalera y comenzaron a trepar. Y sus malditos arqueros estaban preparados para disparar en cuanto nos asomáramos.
-¡Un poco de ayuda!- gritó Durkas. Subieron varios hombres llamados Pherb, Cirion y Beren, pero los orcos habían subido ya. Salimos a su encuentro y varios de ellos cayeron abajo. Habían llegado más orcos, que se apelotonaban para subir por la escalera. Si tuviéramos arqueros les haríamos mucho daño. Terminamos de matar a los orcos de arriba y empujamos la escalera, que cayó, pero la volvieron a colocar. Nos lanzaron más flechas. Pherb cayó muerto sobre los orcos, y a mi me pasó rozando una que hirió a Grem en el costado. Se tambaleó y cayo, y trató de huir arrastrándose dejando una estela de sangre. Rimmon atravesó a un orco que subía por la escalera y lo lanzó contra los suyos, estorbando a sus arqueros, que erraron todos los tiros de su nueva andanada. -¡Hay que derribar la escalera!- gritó Ïliath. Lancé un tajo contra una de las cuerdas de la escala, pero me sorprendió un orco que ascendía y me lanzó un tajo. Retrocedí, y mi peto logró amortiguar el tajo, que me pasaba de refilón, pero tropecé y caí de espaldas, golpeándome la cabeza contra la pared. Todo se volvió borroso. Intenté levantarme, pero me mareé y tuve que apoyarme. -¡Yo la derribo!- gritó Beren, lanzando un tajo contra la escalera. Logró destrozar un travesaño, pero cayó atravesado por otra flecha, lanzando un grito desgarrador. Entonces, Ïliath se acercó, lanzó un pedrusco contra los arqueros hiriendo a dos y cortó con la daga las cuerdas de la escalera. Prácticamente desmoronada, ésta cayó con un orco que comenzaba a subir. Entonces, nos pusimos a cubierto.
Nos preparamos para cubrir la puerta de abajo. Había muchos más heridos. Poco después, Ïliath anunció que una balsa gondoriana acababa de desembarcar enfrente de nosotros y habían eliminado a los orcos que intentaban escalar por detrás. Los refuerzos entraron en el edificio.
-Por fin- les gruñó Ingold -¿Cómo va la cosa?
-Mal- respondió el que estaba al mando. No hemos podido lanzar el ataque porque no había embarcaciones suficientes.
A Ingold le sentó como si le hubieran atravesado con una lanza.
-Lo siento, capitán- continuó el soldado- Vos y vuestros hombres habéis hecho un buen trabajo, pero no hemos podido corresponder. Tengo órdenes de trasladar a nuestra zona a todo hombre que pueda salir de aquí por su propio pie.
-¡O sea, que ni siquiera podemos salvar a los heridos!- rugió Ingold.
El oficial negó con la cabeza tristemente. Ingold lo habría atravesado allí mismo, pero sabía que aquel hombre era sólo un emisario que cumplía órdenes. Madril le iba a oír.
-Vamos- ordenó.
Durkas lloró como un niño al saber que Arethor se tendría que quedar allí. Tan sólo nueve hombres volvimos, de los veinte que habíamos empezado aquella misión. ¿Cómo informar de aquello al senescal? ¿Cómo podríamos ganar aquella guerra con planes bienintencionados pero imposibles? ¿Cómo mantener a los ejércitos de Gondor en actividad a costa de unos campesinos cada vez más empobrecidos, en un reino sin rey, en decadencia, un reino sentenciado que se desmoronaba cada día más, pero que nunca llegaba a caer?
Hasta aquí, el relato de mi vida.
Damrod












Jajaja, puto Ingold, es como El Sargento de Hierro " Vuestros culos, ahora son de mi propiedad soldados." XD