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Escrito por Karavatis   
domingo, 10 de febrero de 2013
Relato Pocos conocen la verdadera historia de la atalaya de Barad-Mor, donde hace muchos años los hombres de Gondor tenían un puesto de vigilancia cerca del paso de Erech, en la cara sur de las Montañas Blancas...






P
ocos conocen la verdadera historia de la atalaya de Barad-Mor, donde hace muchos años los hombres de Gondor tenían un puesto de vigilancia cerca del paso de Erech, en la cara sur de las Montañas Blancas.

Allí, en los primeros días de la felicidad de los hombres, cuando la sombra oscura de Saruman o del propio Sauron no eran más que un mal sueño de los que pensaban demasiado, los hombres comenzaron a construir una torre a la que llamaron la Torre de la Luz, puesto que se encontraba a las faldas mismas de las Montañas Blancas, y en los tejados de pizarra pulida se reflejaba el sol proyectado desde las cimas de la cordillera.
Todos los hombres de la región trabajaron duramente para levantar una torre de planta cuadrada, de unos siete diez metros de lado, con una gran puerta en la cara sur, la que veía las tierras de los hombres. Construida con bloques de piedra blanca traída desde tierras lejanas y que algunos decían venían de los sobrantes de la construcción de Minas Tirith, y otros que habían sido labrados en lejanas y extrañas tierras por pueblos sabios en el trabajo de la sillería, con esas imponentes piezas cuyo peso sobrepasaba los doscientos quilos con facilidad, se fue levantando esta majestuosa Torre de la Luz.
Amridel fue el encargado de realizar el diseño y de llevar a cabo la construcción bajo la supervisión de los reyes de los hombres, que venían cada poco tiempo a contemplar como la torre iba subiendo. Tal era el interés que el propio Amridel tenía en la torre que durante dos años no se movió de la zona y empezó a idear otras construcciones para ir creando una ciudad, proyecto que presentó y fue recibido con buenos ojos por los reyes de los hombres, que, previsores como cualquier jefe que se digne pensaron que sería de interés tener más hombres en las cercanías de las Montañas Blancas, y más en un paso muy concurrido como el de Erech.

Poco a poco la torre fue creciendo y se fueron añadiendo construcciones a su alrededor, un pozo como zona central de una plaza, unos establos para los animales, casas para los trabajadores, bares para los hombres y mujeres que habían ido llenando poco a poco los alrededores.
Finalmente a los cuatro años de comenzada la construcción La Torre de la Luz estuvo acabada, y para conmemorar esa fecha los reyes de los hombres dispusieron de una gran fiesta a la que invitaron a los más importantes dignatarios de los pueblos vecinos, llegando a venir una nutrida representación de los rohirrim del otro lado de las Montañas Blancas, desde Rohan, o importantes príncipes y duques de Pelargir, Dol Amroth, Lamedon, Lossarnach o Harondor. Todos quedaron maravillados con la visión de la Torre de la Luz, puesto que era primavera y aquellos días, con intenso sol, hacían que la torre brillara más que nunca. Durante ocho días hubo grandes fiestas, y el vino y la miel corrieron como el agua bajo los pies de los hombres, y las matanzas de cerdos y cabras se sucedían, todas las tardes y todas las noches había hogueras encendidas en las que se asaban las bestias sacrificadas, y se cazaban conejos, y perdices, y faisanes, y hasta algún que otro jabalí cayó bajo los arcos de los montaraces.
Pero tanto fue el revuelo que llevó consigo la puesta de largo de la Torre de la Luz, que también llegó a zonas donde no debía los comentarios de que los hombres habían levantado una atalaya de vigilancia, y en las fronteras Ephel Duath, al oeste de Mordor, los orcos y demás seres tuvieron noticia de ello y se lo comunicaron a Sauron, que comenzaba a despertar en silencio preparando lo que luego sería un gran ejército para acabar con los felices días de los hombres.

Así, una de las primeras medidas que tomó Sauron cuando decidió que su ejército estaba listo para dominar La Tierra Media fue ir a por los gondorianos, y como prueba de fuerza se dispuso a atacar Meruindin, la ciudad que había nacido y crecido alrededor de La Torre de la Luz. Para ello compuso un vasto ejército de orcos de Mordor, los más feroces de todos los que encontró, los reforzó con temibles Uruk-hai de Mordor, creados para terror de humanos y demás criaturas libres de la feliz Tierra Media, y varios miles de wargos y licántropos.
Este ingente ejército golpeó por sorpresa a las gentes de Meruindin en la cuarta luna llena tras el fin de año, lo cual pilló por sorpresa a la guarnición defensiva de la ciudad, y apenas hubo resistencia, ya que para cuando los defensores estuvieron preparados para repeler al enemigo, éste había penetrado en las murallas de Meruindin y saqueaban todo lo que encontraban en su camino, asesinando a todos los seres que allí vivían.
Cuando amaneció las muertes se contaban por millares, y de los más de cincuenta mil habitantes de Meruindin, solo unos setecientos pudieron escapar de la masacre huyendo hacia la llanura de Gondor, aunque luego muchos fueran presa de licántropos y wargos, que los siguieron hasta que saciaron su hambre de carne humana.
En los siguientes treinta años los hombres de Gondor intentaron varias veces recuperar la ciudad y la sitiaron, aprovechando que las fuerzas de Gondor habían seguido su camino y apenas si habían dejado un pequeño destacamento defensivo en Meruindin. Sin embargo las hostilidades por parte de los gondorianos no comenzaron hasta siete años después de la pérdida de la ciudad. Tras cuatro meses de asedio lograron recuperar Meruindin, y se dispusieron a restarurar y volver a levantar la gran ciudad al pie de la Torre de la Luz, pero las noticias llegaron a Sauron y éste no quiso que un paso tan importante en las Montañas Blancas estuviese en manos de su enemigo, Meruindin y la Torre de la Luz significaban la comunicación de Gondor con Rohan, y ambos juntos contra Mordor sí podían suponer una amenaza, por lo que preparó cuidadosamente un gran ejército para volver a tomar la ciudad.
De nuevo de noche comenzó la batalla, trescientos mil siervos de la oscuridad atacaron, había Uruk-hai, orcos de Mordor, Asesinos de Minas Morgul, varios destacamentos de la Guarida Negra de Barad-Dûr, Castellanos de Dol Guldur o Numenóreanos Negros, incluso se dice que los mismos Nâzguls estuvieron en la contienda, lo cierto es que tardaron ocho meses en conquistar la ciudad tras acribillarla con catapultas y atacarla con los Mûmaks que había traído desde Harad.
Cuando la ciudad volvió a manos de Sauron apenas si quedaba alguna construcción en pie, solo La Torre de la Luz se levantaba majestuosa y desafiante en la parte alta de lo que había sido Meruindin. A pesar de quedar en pie la torre había sufrido los estragos del asedio y uno de los lados había sufrido el impacto de las catapultas de Mordor, por lo que parte del tejado y de un esquina superior estaban en serio peligro de derrumbe.

Sauron decidió aprovechar la torre pero borrarla de la memoria de los hombres, así que mandó quemar la torre, para lo cual taló un bosque entero de abetos y cedros que había en las cercanías y rodeó la torre con sus troncos y ramas, con sus raíces y sus hojas… y prendió la llama. Su intención no era destruir la torre, sino volverla negra, por lo que a pesar de quemarla tuvo la precaución de que el fuego no fuese directo a la piedra, no, lo que mandó a la piedra fue el humo negro, para lo cual había un destacamento de orcos de Mordor que se cuidaba de verter un líquido que Sauron había mandado traer desde las entrañas de Orthanc.
Cuando trece días después el fuego se apagó y se extinguió La Torre de la Luz dejó de brillar para siempre, el negro se había colado en el mismo corazón de las rocas y parecía una nueva torre, Sauron la llamaría Barad-Mor, La Torre Oscura, e incluso intentó recuperar esa esquina ruinosa, aunque sin éxito, así que finalmente los orcos apuntalaron esa esquina.
Y así había llegado hasta nuestros días, con una esquina a punto de caer, con un tejado partido en una esquina, con las paredes negruzcas, solo blanqueadas por el polvo que se levantaba del terreno. Ahora Barad-Mor pertenecía a los siervos de Sauron y era un lugar lúgubre y de pavoroso recuerdo para los hombres. Allí se torturaba a los prisioneros hasta matarlos, allí se alimentaba el odio de los wargos hacia los pueblos libres, allí se entrenaba a los Trolls y demás criaturas de la noche en la lucha contra la luz, contra la vida, contra todo lo bello de La Tierra Media.

La torre quedó a cargo del jefe de la guardia que estuviese en el lugar, y así fue pasando de uno a otro orco de Mordor, que poco a poco iba degradando el lugar, añadiendo espeluznantes trampas, socavando el terreno para hacer galerías y cuevas en las que encerrar prisioneros, o guardar a los wargos por la noche para que no ataquen a los orcos… cada año que pasaba el lugar se parecía menos a lo que fue en tiempos de los hombres y más a una auténtica zona de terror continuo.
El último dueño de Barad-Mor era Shrock, un orco de Mordor que había llegado a tener cierto poder dentro de los orcos, y al que Sauron, a través de Saruman, había encomendado preparar un pequeño contingente que se dedicase al pillaje por la zona, y que pudiese sembrar el caos y el terror en zonas más lejanas de Gondor o de Rohan, lugares a los que el acceso era fácil desde Barad-Mor. Shrock no era un orco a la antigua usanza, era listo para ser un orco, hábil con el espadón, si bien, tras una pelea hace unos años contra elfos recibió un flechazo en la cara, y desde entonces usaba una máscara para protegerse, llevaba un cráneo de Huscarl gigante sobre su propia cabeza, con lo cual su aspecto era aún más aterrador. Además había dejado el espadón por una maza muy pesada que hacía añicos al mejor de los escudos, y bien que lo habían comprobado en Lossarnach y los rohirrim. Por si fuera poco el aspecto que tenía un orco de casi dos metros de altura y bien musculado, su escudo llevaba pintado el Ojo de Sauron, por lo que difícilmente se perdía su presencia en el fragor de la batalla, lo dicho, Shrock era un adversario terrible y formidable.

En aquellos días oscuros había recibido correo a través de los cuervos negros de Mordor donde se le hacía saber que en breve llegaría un grupo de ayuda desde las profundidades de Mordor, con Uruk-hai de Mordor comandados ni más ni menos que por el gran Shagrat, al que todos los siervos de Sauron tenían un especial temor, puesto que era de sobra conocida su crueldad no solo con el enemigo, sino con los siervos de la oscuridad. También llegarían tropas de Barad-Dûr, la torre hermana, concretamente un grupo de Guardias Negros, los más formidables guerreros de la zona, y al frente Wulf, otro reputado capitán orco, de gran talla y gran astucia, con muchas batallas en sus espaldas y muchos muertos en el filo de su espada.

Por todo ello Shrock quería impresionar a los huéspedes, principalmente a Shagrat, para que no intentase nada contra él, así que preparó un poco Barad-Mor y mandó subir de las mazmorras debajo de tierra a los prisioneros de las últimas incursiones en tierras de los hombres, desdichados rohirrim y hombres de Gondor, que habían sido duramente torturados y a los que faltaban miembros y sobraban penas. Los subió y mandó levantar una empalizada junto a la torre en la que los tendría a la vista, además colocó más de un despojo en las inmediaciones y levantó una tienda para los huéspedes, solo para la tropa, junto a la sombra de Barad-Mor, una gran tienda al estilo de los orcos, sin muchas comodidades ni grandes aspavientos, simplemente una gran jaima hecha con palos y una gran lona oscura bajo la que poder guarecerse si el tiempo se torcía en lluvia poder evitar estar a la intemperie. Su tamaño hacía que pudiera albergar hasta treinta o cuarenta orcos bien juntos.
Shagrat y Wulf se alojarían en la torre, en estancias contiguas a la suya, para mostrar el respeto que se merecían tan magníficos generales de la oscuridad, y por qué no reconocerlo, para tenerlos más vigilados y controlados, puesto que aunque eran “amigos” en la lucha, no había que olvidar que cada uno era de una especie, y los siervos de la oscuridad guardan lealtad a Sauron y a veces a Saruman también, pero entre ellos un orco es un orco y un Uruk-hai un Uruk-hai, mejor separados que juntos.
Todo estaba preparado para la pronta llegada de Shagrat y los suyos, y quién sabe si por fin tendría la recompensa de participar en otra batalla, puesto que desde que los elfos le hirieron en la cara no había tenido el placer de volver a sentir el sabor de la sangre humana, élfica o enana, y ya era hora de volver a beberla.
Tras un par de días de espera otra bandada de cuervos negros anunció su llegada para la tarde-noche, y Shrock preparó una bienvenida digan de reyes, y es que no quería desaprovechar la oportunidad que se le brindaba de conseguir adeptos para cuando solicitase un ejército a su cargo, y tener la recomendación de Shagrat y Wulf ante Saruman o Sauron era un punto muy importante.
Se preparó un gran banquete para los líderes y sus tropas, y las pocas mujeres humanas que quedaban en las mazmorras prepararon ciervo y jabalí asado, además de conseguir grandes cantidades de cerveza de algunos poblados lejanos a los que se habían enviado “emisarios”, y que habían dado cuenta de cuanta cerveza y otros manjares (manjares para los orcos que no para los hombres de la Tierra Media) habían encontrado.

Por fin, a la llegada de la comitiva, Shrock se presentó a Shagrat, al q ue sin duda conocía por las descripciones que le habían hecho, un gran Uruk-Hai con la piel azulada y el pelo claro, tirando a amarillo, con un cuerpo fuerte y musculado, y en cuyo escudo lucía el rojo Ojo de Sauron. A su lado Wulf, con el casco que lo destacaba como Capitán de la Guardia Negra de Barad-Dûr, con su magnífico escudo de la Guardia Negra.

Tras los saludos pertinentes todos fueron a comer, no hubo ninguna mención al importante motivo de su llegada a Barad-Mor, todo fueron risas y parecía que tanto Shagrat como Wulf habían recibido de buen agrado el banquete organizado por Shrock. La tropa también había recibido de buen agrado la comida y la bebida, y bien entrada la noche todos se fueron a sus aposentos, Shagrat y Wulf escoltados por Shrock, y la tropa rasa a la tienda al pie de la torre. El día siguiente sería el propicio para informar acerca de la naturaleza de la comitiva, y de las órdenes de Sauron con respecto a Shrock y sus tropas.
La noche fue tranquila, todo lo tranquila que puede ser una noche en un campamento de la oscuridad, con orcos y Uruk-hais mezclados; no hubo sangre negra derramada, pero a buen seguro que el exceso de bebidas tuvo algo que ver en ello, ya que estos seres no se llevan nada bien, y el tenerlos tanto tiempo juntos hacía saltar chispas por cualquier nimiedad.

A la mañana y tras dar cuenta de los restos de la noche anterior, con los estómagos bien llenos y el apetito saciado, Shagrat explicó a Shrock cuáles eran las órdenes dadas por Sauron desde Mordor. Tendría que poner sus tropas al servicio de Shagrat y comandar un grupeto de guerreros en apoyo a los que ya traían tanto él como Wulf. Hasta ahí era lo que Shrock esperaba, sin duda sería apoyo pesado para los demás. Lo que no conocía era dónde asestarían el golpe, y cuando Shagrat descubrió el lugar no pudo ocultar su satisfacción, puesto que irían a Cordû-Bas para atacar al enemigo en las estribaciones más occidentales de las Montañas Blancas, todo un reto, y todo un tesoro cuando los hombres de Cordû-Bas e inmediaciones fueran derrotados. Shrock estaba sumamente excitado, puesto que sabía que si lograban la victoria, él mismo sería recompensado con más orcos a su cargo y quizás algún troll o más wargos para defender no solo Barad-Mor, sino quizás también hacerse con el control de Cordû-Bas.

Así pues todo quedó preparado para poder avanzar sobre la ciudad a la mañana siguiente y en un par de días atacarla. La suerte estaba echada y Cordû-Bas era el preciado premio para el ganador, que sin duda serían Shrock, pensaba el gran jefe orco.

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